sábado, 10 de agosto de 2013

Vóley peruaaaaano... porque no todo es fútbol

1988. Juegos Olímpicos de Seúl. Todo el Perú madrugaba (por el tema de la diferencia horaria entre Perú y Corea del Sur) para ver a nuestra selección del vóley defender el nombre del país y ponerlo en lo más alto del podio. Luego del madrugón, llegábamos al colegio con la sonrisa en los labios (y sueño en los ojos) a comentar el partido entero con nuestr@s compañer@s de clase. Ese año ganamos la medalla de plata y fuimos felices. ¿Hubiéramos sido más felices si hubiéramos ganado la de oro? Definitivamente. Pero nadie nos quitaba el orgullo de decir que nuestra selección de vóley femenino era la segunda mejor del mundo, ni la satisfacción de haber llegado a donde llegamos.

Pasaron 25 años y nuestra selección de menores nos hizo madrugar de nuevo, al llegar al Mundial de su categoría en Tailandia. La ilusión fue la misma, si no más grande, porque salvo unas pocas excepciones, nuestro vóley hacía rato que no llegaba tan lejos. Esta vez quedamos cuartos. No llegamos a llevarnos una medalla, pero qué rico sufrimos. Y no por ser masoquistas, pero para los que vivimos las Olimpiadas del '88, fue un flashback maravilloso. No miento, yo sentí que volvía a tener 10 años mientras ponía el despertador para despertarme para alentar a mi selección, aunque en estos momentos me encuentre a miles de kilómetros de distancia y ya no esté sentada con mi familia en la cocina de la casa de mis papis mientras mi mami nos preparaba un desayuno madrugador. Ahora la que preparaba el desayuno madrugador era yo, mientras mi esposo conectaba la computadora a la televisión para poder ver bien el partido.


La barra facebookera no dejó de alentar a las chicas. En general, las redes sociales se convirtieron en foros de apoyo y emoción. Ahora no comentábamos el partido en el patio del colegio, sino a través de nuestros teléfonos, de nuestras laptops, de nuestras tablets. Gente que por esas cosas de la vida no podía ver los partidos, pedía a sus amigos que les contaran cómo iba la cosa. Y muchos nos convertimos en narradores deportivos online. Peruanos en Estados Unidos, Bolivia, Ecuador, Colombia y otros países nos pasábamos los links de las páginas web para poder conectarnos a la señal de Frecuencia Latina y ver el partido lejos de casa.


Sin embargo, cuando caímos, qué triste fue ver que algunos peruanos soltaron comentarios como "yo no celebro perder", "si no traen medallas para qué fueron" y más tonterías por el estilo. Esta gente a veces me hace recordar la triste frase "no hay peor enemigo de un peruano que otro peruano". Porque señores, el deporte peruano se tiene que apoyar así no traigamos medallas. Porque nuestros triunfos, en el deporte que sean, corresponden a un trabajo de largo aliento, a un proceso, a una labor llena de sacrificios, sudor y lágrimas por parte de los seleccionados, sus familias y el cuerpo técnico que trabaja con ellos.



Ahora, no es posible que estas chicas -y todos nuestros deportistas en general- no reciban un apoyo digno del Estado. Muchísimos de ellos vienen de familias de escasos recursos económicos y para ir a entrenar pasan las de Caín. Ya lo dijo la medallista olímpica en Seúl y entrenadora de la selección de menores, Natalia Málaga: "A veces no llegan al entrenamiento porque les robaron la mochila, el celular, etc." ¿creen que esto pasa solamente con las del vóley? Todos nuestros deportistas necesitan apoyo, necesitan estar bien alimentados, necesitan dormir sus horas, necesitan un techo seguro donde vivir... si no, no vale reclamar que por qué no ganan, pues.

Creo que hay otro punto muy importante y este es el tema de conseguirles una buena asesoría psicológica: necesitamos aprender a no sentirnos derrotados cuando vamos perdiendo para poder remontar un marcador que nos sea adverso. Lo vimos en el caso de la selección Eslovena: las demolimos, no sólo con nuestro buen vóley, sino también anímicamente. Ellas se sentían ganadoras antes de entrar a la cancha, pero las peruanas destrozaron esa imagen que tenían de nosotros y de paso, les ganaron limpiamente. Allí se comprobó que no sólo los peruanos nos bajoneamos cuando las cosas no salen como quisiéramos: le pasa a todo el mundo. Los ganadores saben cómo manejar esa frustración, cómo capitalizar ese sentimiento de derrota prematura y convertirlo en triunfo: ESO es lo que necesitamos TODOS los peruanos, pero especialmente nuestros deportistas. Si los "macheteamos" cuando pierden, hacemos leña del árbol caído. Todos tenemos que cambiar de actitud.

Ante lo lejos que han llegado las chicas, no han sido pocos los que han llegado a decir "estas chicas lo merecen todo, hay que quitarles a los del fútbol para dárselos a ellas". Tampoco tampoco, pues. Porque, si no me equivoco, esas mismas personas son las que pitean porque no vamos a un Mundial de Fútbol desde México '86. Nuestro fútbol comienza a mejorar después de casi 30 años de dar pena. ¡No pues! ¡A apoyar (ojo, no a idolatrar, porque eso eleva algunos "egos" que deberían estar más abajo que las nubes) se ha dicho! No sé si sea posible que la Federación de Fútbol reciba del Estado más que la del vóley (¡que alguien me confirme el dato, que no lo consigo!) pero si esto fuera así no me parecería correcto, ya que esa Federación recibe bastante dinero de otros lados (por ejemplo, de las transmisiones televisivas).

La semana pasada, las chicas de la selección de menores regresaron al Perú. Qué lindo ver la marea de gente que fue a recibirlas al aeropuerto. Me emocionó ver cómo muchísimos peruanos les agradecían el esfuerzo, sus sacrificios y su aplomo, yendo a recibirlas en masa, haciéndoles barra con matracas (jajaja), bombos y platillos.


Lo malo fue que, para variar, después vino la peliculina. La Congresista oficialista Cenaida Uribe (ex voleibolista) salió a recibir a las chicas como si Palacio de Gobierno fuera su casa (ganándose el apodo de "la primera dama del deporte"). En la ceremonia no se vio a Cecilia Tait, ni a Gaby Pérez del Solar, ni Leyla Chihuán: tres glorias del vóley peruano, que actualmente son Congresistas de la República. Además, se organizó una "ceremonia de reconocimiento" en el Congreso. Un Congreso que trata de lavarse la cara por sus escándalos de corrupción.  En esta ceremonia, el presidente del Congreso (un impresentable de apellido Otárola) las "homenajeó", regalándoles un celular y "un incentivo económico", no sin antes compararlas con la selección que viajó al Mundial de México '70. Pero ¿de qué era ese mundial? ¡¡¡DE FUTBOL!!! Como diría Condorito ¡PLOP! ¡Por favor, un par de cápsulas de Ubicaína para ese señor! (Bueno, ya otro día me quejaré de nuestra clase política, que cada vez da más vergüenza...). Y, ¿premiarlas con un celular? ¿Aló? 


Nadie pide (por lo menos yo no lo pido) que les regalen una casa a los deportistas, pero sí que se contribuya a mejorar sus condiciones de vida. Quién va a tener cabeza para concentrarse en entrenar si el techo de tu casa es de calamina y tú y tu familia se mueren de frío en los inviernos que, aunque no caiga nieve, congelan de pies a cabeza. Quién va a tener fuerzas para entrenar si te despiertas a las 6 de la mañana para ir al colegio, sales hecha una bala para entrenar y llegas de regreso a tu casa a la media noche porque el transporte público es eterno e ir de un lado al otro es como hacer un viaje interprovincial, además de ser altamente inseguro.


Es hora de que todos apoyemos al deportista peruano como se merece. Nos quejamos una y otra vez de que en nuestra historia el Perú sólo ha ganado cuatro medallas olímpicas, pero si no se toman cartas en el asunto desde la política de Estado (como sí se está empezando a hacer, por ejemplo, en Colombia) no vamos a llegar muy lejos. Todo empieza valorando su esfuerzo y su sacrificio. Así que, bueno pues, no ganamos medallas, pero cada vez estamos mejor y hay que seguir apoyando. No soy conformista, ojo, yo quiero más, quiero ver medallas colgando de los cuellos de nuestros deportistas, copas en sus manos, escuchar el himno de mi país resonar en alguna competencia deportiva internacional, pero no sólo por nuestras voleibolistas, sino también por los chicos de la natación, del judo, bádminton, esgrima, tenis y un largo etcétera. ¿Alguien más se apunta?



viernes, 2 de agosto de 2013

Maternidad... o ser una mujer incompleta... o no saber lo que es la vida

Desde que tengo uso de razón he estado rodeada de niños. Soy la mayor de seis hermanos, la segunda llegó cuando yo acababa de cumplir un año, el menor cuando yo tenía 12 años y medio. Cuando cumplí 20, llegó a mi vida la primera de mis sobrinos directos, mi ahijada maravillosa, la niña de mis ojos. A partir de aquel día, cada sobrino, de los ocho que tenemos en conjunto con mi esposo, ha sido recibido con alegría, con entusiasmo y con mucho, mucho amor. Y esto sucede no sólo con nuestros sobrinos directos, ya que también tenemos una cada vez más creciente cantidad de "sobrinos indirectos" (hijos de nuestros primos y otros parientes sanguíneos), así como de "sobrinos de cariño" (hijos de nuestros amigos), a los que también queremos un montón.

Me encantan los niños. Sé cambiar pañales, sacar chanchitos, preparar mamaderas, bañarlos, arrullarlos y contarles cuentos para que se duerman desde que tengo siete años, cuando nació mi hermana María Fe. Y todo lo aprendí por vocación propia, siguiendo los pasos de la mejor madre del mundo, que, vale la pena decirlo, es MI madre.

Cuando yo era chica (de niña hasta el comienzo de la adolescencia) era "más Susanita que Mafalda": quería encontrar a mi príncipe azul y tener un montón de enanitos. Tan es así que cuando nos casamos, mi hermana (la segunda) hizo una petición del tipo "Señor, te pedimos que tengan TODOS los hijitos con los que Machi sueña". Al término de la ceremonia, mi cuñada se me acercó y con cara de preocupación me preguntó: "¿pero es que cuántos hijos quieres?", a lo que yo respondí "¿en serio? yo quiero DOS, pero algo me dice que mi hermana cree que aún quiero poblar la tierra".

Esto fue hace más de cinco años. Al poco tiempo -tendría apenas unas semanas de haber cambiado de estado civil- en un lonche en el que yo estaba presente sólo por casualidad, una amiga de mi mami me preguntó, muy suelta de huesos ella, que cuándo pensaba salir embarazada, insistiendo en que me apurara, porque yo no querría ser una "madre vieja".

En ese momento, yo simplemente dirigí mi mirada hacia mi madre, quien con una sonrisa y un parpadeo me dijo telepáticamente (sus miradas a veces dicen más que mil palabras): -"No le hagas caso, ignórala y sonríe"(se lo consulté más tarde, sólo para verificar: me había querido decir exactamente eso). Le hice caso, aunque no puedo negar que cada célula de mi cuerpo me gritaba que le respondiera a la mencionada señora "¿Y a ti qué te importa?" (si soy franca, entre el "qué" y el "te importa" venía una interjección para NADA educada... ustedes saquen sus conclusiones).

Años después, conversaba con una amiga de la infancia sobre nuestras vidas, nuestros matrimonios (ella lleva casada más tiempo que yo) y sobre los comentarios y consejos no solicitados que te da medio mundo, riéndonos de lo metiches que pueden ser algunas personas... cuando me hizo el siguiente comentario: -"Si alguien más me vuelve a preguntar: ¿y para cuándo el sobrino? ¡LO MATO!"

Lo cierto es que a mí me ha pasado lo mismo un sinnúmero de veces, y no pocas he querido tener la misma reacción que ella. Una vez, le respondí a una de esas personas (que tan cercana a mí tampoco era): "- ¿Quieres sobrinos? ¡Anda y pídele a tu hermana que te dé uno, pues!" (Y como diría Machín Alberto: are, ajo, erda...)

También me ha pasado, casi siempre en fechas cercanas a nuestro aniversario de matrimonio, que algún listillo (o listilla, especialmente medio viejilla) me sale con un comentario del tipo: "Asu, ¿ya CINCO años de casados? ¿Para cuándo los bebes?" -y aquí el comentario más idiota de todos "- ¡No sean flojos!"

Otras personas, cuyo coeficiente intelectual no llega ni al de una ameba, se han puesto - en mi cara pelada- a sacar conclusiones adelantadas (ah, sí, porque a pesar de no tener cerebro son DOCTORES en la materia) y comienzan con "Ah, ya veo, no quieres tener hijos", "Sí pues, los jóvenes de hoy en día priorizan sus carreras a la familia", y un largo etcétera al que no voy a seguir recordando porque me tendrían que hacer un transplante de hígado.

Ojo. No me refiero a esas personas que te preguntan si ya tienes hijos. Esa es una pregunta como cualquier otra y a mí no me afecta, porque hay una respuesta simple: no. La pregunta que j-o-d-e es ¿Para cuándo?... y todo lo que continúa.

Sorry con excuse me, pero hasta donde yo sé a NADIE le INCUMBE, ni tiene por qué saber si estás buscando quedar embarazada, desde cuándo están buscando, si es un tema que estás dejando para más adelante por a, b ó z; si eres estéril o si tu marido lo es; si ya los vio un especialista; si tienes problemas y vas a operarte o si de plano lo tuyo es inoperable; si es que todo está bien pero simplemente no salen encinta; si es que han decidido adoptar; si has tenido embarazos pero no se han logrado; si es que siquiera tienen planeado tener hijos en la vida... EN FIN. Además, ¿acaso tengo una bola mágica para adivinar cuándo es que voy a tener hijos (si es que si quiera los voy a tener)? 

Esa "invasión de privacidad" me molesta y, dependiendo de la persona de la que venga, a veces duele. Que existan individuos que sienten que tienen el derecho a opinar, exigir, comentar sobre tus posibilidades reproductivas es algo que escapa a mi habilidad de comprender al ser humano.

Quisiera recordarles a estas personas que no llegar a ser madre no significa que estés "incompleta", que "hayas dejado de realizarte como mujer" o que seas "egoísta". Hay mujeres a las que Dios no les manda uno, sino SEIS (entre ellas, mi madre); mujeres a las que Dios no les manda ni uno y siguen su vida sin preocuparse; mujeres que llegan a ser madres, pero de una forma no convencional (por adopción, vientre de alquiler, etc.); hay mujeres que deciden dedicar su vida a Dios; mujeres que de plano no quieren ser madres porque no tienen el instinto. Y TODAS merecen la misma clase de respeto.

Cuando me refiero a mujeres que han nacido sin instinto maternal, es porque sé que eso EXISTE (y lo aclaro porque alguna vez le escuché a una señorona decir: "Es imposible que una mujer nazca sin instinto maternal. Es antinatural.") Como le respondí a la mencionada señorona, yo he sido testigo de varios casos: tengo amigas que -suertudas ellas- nacieron con el instinto, pero también conozco a algunas a las que recién les brotó cuando salieron embarazadas, a otras cuando nació su primer hijo, a otras incluso cuando su hijo/a tenían un par de meses... otras no lo desarrollaron nunca y son madres como pueden (con la ayuda de Dios, o de su mamá, o de sus tías)... otras simplemente decidieron no ser madres AT ALL porque, no pues, no querían.

Yo creo que hay diferentes formas de ser madre. No digo de "salir embarazada". Digo de ser madre. Hace poco, en una entretenida discusión sobre el matrimonio homosexual, una ex-amiga me salió con que las parejas de homosexuales no deberían poder adoptar niños. (Ok, cada quien tiene su punto de vista, no me parece, no coincido contigo, pero bueno...) El problema por el cual dejó de ser mi amiga (por lo menos en Facebook) fue cuando me salió con que "las personas que adoptan JAMÁS podrán ser los verdaderos padres de esas criaturas". Plop, plop, replop, hasta aquí no más contigo causa y juas, eliminada del Facebook FO EVA.

No me mandé con el consabido speech de "madre no es la que alumbra -da a luz, pare, o como más le acomode decirlo a cada uno- sino la que cría" porque era evidente que en el estrecho cerebrito de esta persona, la única verdad era la SUYA y bueno, no quería gastar más tiempo e hígado en alguien como ella. Pero su comentario me ofendió, no sólo porque la adopción es un tema que yo he contemplado desde que era bastante chica (sino, que le pregunten a mi madre, que lo sabe perfectamente), sino porque conozco MUY de cerca tanto a padres como a hijos adoptivos. Y no creo que NADIE tenga derecho a decir que ellos no son los "verdaderos" padres de sus hijos como tampoco he escuchado a ninguno decir "mis papás nos son mis verdaderos papás porque soy adoptado". Del modo en el que lo veo, el amor y el sacrificio que sus padres (en este caso, los verdaderos, no los biológicos) es tan grande (o incluso, a veces, mayor) que el de los padres que sí concibieron a un hijo biológicamente.

Sé que para muchas mujeres "ser madre es lo más maravilloso que les pasó en la vida". Mis respetos y admiración, en serio. Pero lo que es terrible es que algunas se toman esa maravillosa capacidad y experiencia en SU vida para descalificar a las no lo somos. "Es que no sabes lo que es la vida hasta que has parido a un niño", escuché alguna vez decir. Si mis ojos hubieran estado hechos de láser esa personita hubiera acabado en una nubecita de humo, jajaja... Lo frustrante que puede resultar no ser un X-men, a veces...

Y es que no creo que nadie tenga derecho a descalificar a otra persona, sus sentimientos, su dolor, su compromiso, su agotamiento, su sacrificio... y un larguísimo etcétera, por el simple hecho de no haber parido. Creo que queda bastante claro que tengo una admiración infinita hacia todas aquellas mujeres que son MADRES con mayúscula, pero no puedo tolerar a aquellas que se sienten MÁS que otras mujeres por ello. Me ha pasado, como migrañosa que soy, que alguna vez alguien me dijo "eso no es nada, si quieres hablar de dolor, hablaremos cuando hayas dado a luz". ¿Jelou"Hablaremos de dolor cuando tengas más de 20 días con crisis de migraña, te hospitalicen, te bombardeen de corticoides que te engorden más de 30 kilos y aún sigas adolorida". Esa debió de ser mi respuesta. Pero ni así, porque a pesar de que yo me pueda partir de dolor, sé que hay gente que tiene dolores más fuertes en la vida. Yo sí sé.

Volviendo al tema: yo soy madre. Tengo un hijo llamado Argos Camilo. Tiene dos años, pero en su especie esos son como catorce, así que para colmo, soy madre de un adolescente. Lo he llevado más de una vez corriendo a emergencias, porque mi compadre es un imán para algunos eventos desafortunados y así ha sido desde que lo adoptamos, cuando tenía sólo tres meses y la "familia" que lo compró como "regalo" ya se había cansado de él. Llegó a nuestras vidas con dos infecciones super serias, una de las cuales lo afectará hasta el fin de sus días. Tiene dos cirugías y más de una vez hemos madrugado cuidándolo, bajándole la fiebre, cambiándole vendajes. Ha ido al colegio, ha tenido entrenador, pero papá y mamá son absolutamente responsables por él. Como toda criatura de temprana edad, no diferencia entre días de semana y sábados y domingos: igual se despierta a las 6am y quiere que se le preste atención. Se enferma, le dan pataletas, hace travesuras y tenemos que recoger lo que "hace" cada vez que salimos a pasear.

Sé que Argos no es un niño. Sé, además, que tiene "fecha de expiración". Pero es mi hijo. Me llena la vida de alegría. Me agota, me estresa, me llena de pelo toda la ropa y toda la casa, pero lo amo, sin condiciones. Daría mi vida por él. Si eso no es amor de madre, no sé qué cosa es. 

Dicho esto, me encantaría que Argos tenga hermanitos, ya sea de su especie o de la mía. Sé que llegarán cuando tengan que llegar y como tengan que llegar. Voy a seguir rezando, voy a seguir poniendo todo de mi parte, porque YO quiero, no porque nadie me lo haya reclamado, exigido o recomendado.

A mis 35 años, me siento una mujer COMPLETA y SÉ LO QUE ES LA VIDA, a pesar de no haber dado a luz. Tengo una familia, un esposo y muchos amigos que me quieren. Mi vida está llena de bendiciones. Tengo un hijo que sabe quién es "mamá". Y aún así, si no lo tuviera, tengo el corazón contento y lleno de alegría. Y punto.

Ps: Les dejo este artículo que me pareció BUENISIMO:
http://www.theclinic.cl/2013/07/24/cinco-cosas-que-los-padres-deben-dejar-de-decir-a-quienes-no-tienen-hijos/